martes, 25 de octubre de 2011

El sendero luminoso


Libertad
arte de los decididos
Libertad
nada me ata y sigo vivo

Alberto se despertó sobresaltado aquella madrugada. Si bien no se había acostumbrado a la movilidad y a la vida de su nuevo barrio, no era la cuestión de vecindad lo que le impedía lograr la paz en su cama de una plaza, su cama que traía consigo desde los 17 años.
El creía tener la respuesta  para ello, pero ni siquiera se atrevía a suspirarla; pese a que su situación laboral lo apremiaba, fue a su kitchenete a servirse un vaso de agua que sus callosas manos, llevaron con fuerza repetidamente tres veces de forma mecánica. Alberto sabía que el punzón venia de otro lado, que ese ruido y calor interno venia mas allá de un no acostumbramiento temporal., pese a ello saberse mas pronto de la respuesta correcta a su problema lo inquietaba aun mas y podían hacerlo acreedor de una temporada de insomnios que el otoño que estaba cayendo sobre la ciudad, regalaba cordialmente a todo aquel que justificase con creces esa acreencia. Alberto iba en ese camino y giraba sobre si mismo, ya sabía eso de pasarse noches en vela, ya conocía todos los remedios caseros y todos los otros, firmados por las patentes del miedo para vencerlos, incluso las flores de bach lo acostumbraron a dormirlo mas calmadamente hace unos años. Pero estas eran circunstancias diferentes, todas esas causas eran absurdas frente a esta, y Alberto temía, se temía. encontrar una respuesta que lo haga despertar.

Sofía cargaba con un mote que hoy suena raro, absurdo, no diría tonto, sino anticuado,  en desuso, como si todavía alguien con un austral quisiera usar los derechos del nombre de Sofía, y vaya que podría hacerlo!. Es probable que sienta  que cuando tenga que decir su nombre, o que sus mismas tarjetas personales, o incluso cuando tenga que estampar su firma en el estudio de abogados donde hoy trabaja, no se registre como Sofia Perisiinoti, sino como “la calculadora.”.  Siente desprecio por ese nombre, ríe ( de forma mucho mas real y sugestiva que frente a cualquier otra risa, cuando escucha que se dirigen a ella con ese apelativo) pero se desprecia a si misma cada vez que lo escucha. La calculadora a los fines de esta historia surge de la siguiente manera, porque sus compañeros de la primaria, la descubrieron en una tarea del quinto grado, que todo ella lo cronometraba a la perfección,; cada actividad o trabajo que en el marco del aula  había que realizar, la calculadora, echaba una pequeña voz al aire, fijaba un tiempo determinado y se ponía a realizar lo que se había encomendado. Al momento que su hora pronunciaba se cumplía, automáticamente finalizaba su labor y entonces se levantaba y se iba del salón. Queda claro que siempre cumplía su cometido en forma y horario. Con el paso de los años, la calculadora fue perfeccionando su técnica; por la variedad de ámbitos y lugares adonde acudía, no gritaba a viva voz  el comienzo y el fin del tiempo, pero internamente se ponía un plazo, el cual ni bien finalizaba, se levantaba y se iba. Continuadamente como ocho fotografías, completaban una toma que duraba aproximadamente veinte años. Exámenes, trabajos y presentaciones fueron pasando por sus manos, en un espacio temporal especifico. Es entupida la analogía del reloj de arena, pero vaya que es aplicable para el caso de Sofía, ella era su propia arena y se discurría de acuerdo a sus propios fines. Lo mismo sucedía en cada una de sus actividades cotidianas, y paradójicamente también para dormir, donde aun continuaba el rito del grito. Sin embargo esa noche, en su casa del conurbano, por primera vez se levantó antes de lo previsto. Descalza salio a buscar el reloj del living de su casa familiar y noto que todo estaba en orden. No había existido un cambio de horario  repentino por el gobierno (ella se hubiera enterado, pese a que despreciaba al actual gobierno), pero vio que todo estaba en orden. Volvió a la cama, en la que dormía desde que tenia diez años se tomo los pies, y empezó a temer de ella misma, mas bien a sentir miedo de ella..

Alberto Roncaglia tenía a esa fecha 43 años, y hacia solo dos meses que se había mudado solo. Alberto es de esos personajes que nacieron, crecieron y murieron en los años 90. Sujetos cuya vida resultaba intrascendente o ni siquiera publicable en cualquier manual de autoayuda, pero que en esos diez años, por causas que no vienen a este relato, cambiaron su eje, mutaron a seres que no fueron capaces de controlar. Vidas tranquilas, monótonas, atadas a una tradición impuesta por mitos y miedos, como si todo ello estuviera contenido en los platos azules que hoy decoran su actual departamento.
En esos años, Alberto viajo por el mundo, conoció cierta fama dirigiendo una revista de medios, salio con las mujeres mas codiciadas del momento, eran recurrentes sus fiestas intimas en su piso de la zona mas selecta de Recoleta. Alberto fue un corredor de motos y llego a triunfar en ciertas carreras que por esos años no solo atraían multitudes cada domingo, sino que lo llevaba a ser tapa permanente de suplementos deportivos que salieran. Sin embargo por cierta ética Alberto jamás se auto publicaba en su publicación, y prefería en las vacaciones contar mas bien con la compañía familiar, que con varias de las mujeres que lo frecuentaban a mediados de esa década. Alberto comenzó una carrera universitaria en una universidad privada (alguna duda al respecto), pero lo hacia a medida que las motos, sus viajes y su vida social, se lo permitían. Pese a ello seguía viviendo en su casa familiar, y eso era lo paradójico ya que las fiestas, sus encuentros eran realimente una pintura de exhibiciones y demostraciones acrobáticas de cuerpos desnudos y buen licor, que cualquier vecino moralista de la zona, no soportaría. Pero como si el mismo fuera parte de su propia dimensión, jamás nadie se enteraba de nada. Ni nadie cuestionaba en modo alguno, el frenético ritmo de vida de Alberto Roncaglia.
 Porque mierda no me mudé en ese momento, porque insista en vivir ahí, pensaba Alberto, mientras bebía su quinto vaso de agua, que lo guiaban a una nausea segura, tratando vanamente de calmar su insomnio

Sofía una vez que se involucró con su alter ego, es decir ella vista como una calculadora autómata, tomó cada uno de sus actos de su vida profesional a una perfección rítmica. Se recibió muy joven de abogada, se doctoró en menos de un año, viajo a especializarse (parecía una gitana en vez que una estudiante normal, la misma había previsto, cuanto tiempo le iba insumir todo su raid de perfeccionamiento). Pero el tarot de su vida le tiraba las barajas erradas en cuanto a relaciones sociales se trataba. Terminaba su función profesional,  y entonces se hundía en los asientos que la llevaban a su casa conurbana, y continuaba allí su labor.  No se le conocía novio, no se le conocían grupos de amigos, no se le conocía afección alguna por el alcohol o el tabaco, tampoco se miraba al espejo, zambulléndose en su propio personaje de forma de poder, aunque sea con ella misma entablar una relación personal. Eso si tenia una particularidad, cada vez que llegaba a su casa, cualquiera sea donde este, se sacaba los zapatos, y se ponía a dar una vuelta descalza, era como que con esta actitud terrenal, rompía su atadura, era una manera de sacarse esa calculadora que tenia incorporada  desde sus años escolares, parecía que se agotaba su batería y sus pies( grandes y nada vistosos) sobre el piso, parecían refrescarla y desligarla de un ciclo que corría como un Moebius.

Alberto transpiraba cada vez mas esa madrugada, el agua no lo calmaba, pensó en masturbarse como si con ello podía aliviar la sensación, pero a tiempo dedujo que no era una cuestión hormonal lo que le sucedía, sino mas bien temporal. El vaso de agua estaba vacío, y la sensación de encierro de su monoambiente era peligrosa. Si por el mismo fuera en ese instante se arrojaba al exterior, pero no para suicidarse, sino para que esa corriente de aire, ese shock desde veinte metros de altura lo calmase y oxigene su cabeza. Después de todo pensaba, ya logré deshacerme de mi padre y de sus llamadas telefónicas que me perseguían a diario. Hizo una analogía para si mismo sobre los presos que llevan una pulsera electrónica y que permanentemente son monitoreados por una suerte de padre o curador principal. Lo recordaba porque le gustaba el derecho penal y porque sintió que rompió esa atadura con su padre. Se sonrojo y se rio a los gritos, parecía un Roger Rabbit noctámbulo que por primera vez disfrutaba haberse recibido, casi 30 años después de comenzada la carrera, y en una facultad publica, a la que despreciaba. Pero fue un tic tac efímero, la noche a este ritmo estaba perdido, y mañana tenía que madrugar. Decidió chequear su mail, personal como laboral y ver si todo continuaba tal lo previsto la tarde anterior. Viendo que todo seguía igual sonrío.

La calculadora sabia que la noche estaba perdida, abrió su computadora portátil y revisó de forma molesta su casilla de correos. Volver a ver ese correo casi la descompuso. No me interesa “esto” parecía adivinarse de los suspiros que con prisa salían de las narices de Sofía, y no era un suspiro como alguien sediento de algún contacto o deseo personal. Pese a que Sofía aun era virgen, la cuestión sexual no se vislumbraba por su vida actual. Le gustaban los hombres claro que si, pero capaz nadie había llegado con la pregunta correcta, o nadie le ofrecía una nueva calculadora para sincronizar su vida de acuerdo a esta nueva realidad.

El correo electrónico que curiosamente a la misma hora chequeaban Alberto Roncaglia y Sofía Perisinoti, decía en mayúsculas lo siguiente

BETO, SOFI, LOS ENCUENTRO A LAS 9 EN PLAZA ITALIA Y DE ALLI VAMOS AL CAMPING. CARIÑOS. X

Pero no nos adelantemos a las circunstancias que rodearon al viaje de plaza Italia hacia el campo en Los cardales, no hay que apresurarse, juguemos como si fuéramos un ratón en la película fantasía y dibujemos el tiempo, ese tiempo que tanto calculaba Sofía, ese tiempo que tanto aniquilaba a Alberto.

Alberto se sentía lejos ya del estudio jurídico donde su actuación era penosa, pena como una canción de taxista septuagenario en la madrugada, pena como los techos blancos de Buenos Aires,;  el que había añorado y exprimido la década del noventa, se sentía un rulero en medio de la seda, era un número primo, su presencia solo incomodaba y su sueldo tampoco lo ayudaba, como para escaparse de esa cotidianeidad. Pese a que arrastraba una infinita tristeza, con los años el trabajo no solo la profundizó, sino que hizo aflorar sus deseos más oscuros, de toda índole, sexuales, pasionarios, románticos, todas las personalidades, Alberto Roncaglia, era un cuadro de figuritas donde el componía cada una de las imágenes que al abrir, ese paquete nos devolvería. Para calmar esa rutina insoportable de no verse valorado, creo un personaje, se hacia el loco, mas bien aparentaba a hacerse un loco, era un verdadero hijo de puta, un profesional que les tendía una trampa a cada uno de sus compañeros, nos hizo creer participe de sus locuras, nos hizo espectadores de sus espectáculos de karaoke, pero todo a conciencia, como divirtiéndose, sobre todo de sus compañeros de sección de trabajo.
El estudio jurídico estaba ubicado en la peor zona de Buenos Aires, un sitio donde los refugiados pedían auxilio y solo donde una mente carente del menor afecto, decidía poder instalar un espacio físico para llevar a cabo una tarea laboral.. El edificio ocupaba una manzana (la peor manzana de buenos aires). Y estaba cooptada por una variedad de personalidades que rozaban una opera prima de un director de cine argentino. Las habitaciones del estudio pese a ello eran gigantes y rara vez solían sus miembros se juntaba o topaban, mas allá de algún encuentro casual ( y odiado) en el ascensor) y no mucho mas. Hasta que escucho una canción que salía de la habitación vecina, aquella a la que solo accedían quienes por identificación y dedicación al trabajo, podían aspirar. Alberto se vio a si mismo como un durazno sangrado, un durazno que solo chorreaba alegría, momentánea, pero suficiente para llenar su vacío.
Sofía se volcaba a su trabajo con una dedicación que podríamos llamar a la japonesa, siempre ,claro está dentro de su limite temporal horario; la calculadora se consagraba a encontrar y solucionar la mañas y los vaivenes del estudio jurídico, rutina que por cierto adoraba y hasta probablemente la excitaba. Es decir, Sofía no era bailarina, no era artista, no era clown, no era fotógrafa, no era percusionista, no era escaladaora, literalmente no buscaba salvoconductos para su vida, a la que ya había aceptado como tal, tampoco resistía análisis quebrar su tiempo para todo esas actividades, a las que pese a que las miraba con simpatía, en su interior, en ese interior al que nunca nadie habia buceado, nadie olido o bebido,  rechazaba con asco. Quienes se dedicaban a invertir su tiempo en estos pasatiempos, bien valga la redundancia les parecían pasajeros atemporales de un sueño creado por ellos mismos, eran personas que no soportaban su existencia, y que mediante estas recreaciones o quiebres a su día a día, se engañaban a ellos, pero lo que es peor engañaban a su tiempo. Sofia trabajaba en una parte del estudio donde permanecía sola la mayor parte del día, su escritorio estaba adornado con imágenes  de relojes, de varios tipos de relojes y postales suizas, que es bueno saber no eran por  coincidencia, sino porque en suiza había pasado recientemente su estadía, pensó en quedarse, a vivir allí, era su tierra prometida, tenia a merced a sus relojes, podía fomentar un romance con las ojos del reloj incluso, con ese reloj que solo ella tenia en su oficina. Hasta que un dia escucho una melodía que salía de la habitación que estaba del otro lado del pasillo, la habitación temida del estudio, aquella que era una especie de exilio, de diáspora judía. Le agradó la música, pero mas se agrado saber de que provenía del parlante del loquito Alberto, o por lo menos así se lo habían dicho saber que esa era su alias. Inmediatamente lo atrajo (no le pareció atractivo, pese a que Alberto , y mas cuando escuchaba esa música, tenia sus resabios de belleza masculina) sino mas bien una atracción cómplice, sentirse con un par c, como los dos unicos náufragos que sobrevivían en ese lago de mierda que era la avenida alem, y ellos alli con su música, mientras los demas jugaban a ser artistas, ellos solo se limitaban en su musica, Por supuesto que para Sofia Alberto no era ningun loco, sino un gran imitador, o “the great pretender” que fue la musica que los enlazo
Hasta el momento del dia de campo del estudio, o del dia de la recreación, solo se habían topado dos veces en el ascensor (ambas lamentable ya que ninguno emitió suspiro alguno), y una vez en el restaurante del estudio, un lugar donde un gato con buen tino vomitaría la comida que allí ofrecían, pero a donde Alberto acudía siempre, y Sofía bue en búsqueda de una botella de agua. Hubo un saludo, mas bien frio, pese a que el calor del saludo parecía decir otro, gesto, o como si la frialdad del saludo, no se reflejara en el rojo que emitieron sus ojos al momento de saludarse.
Alberto tres días antes de la jornada de campo, tenia que hacer una consulta a Sofía por un tema administrativo menor, es probable que se haya pasado una hora en el baño, preparando su monologo, y esto es probable que sea alli ya que después se encontró mucho después en su escritorios tockets de librerias y el detalle de publicacions basicas y aburridas como el Hamlet a otras a la que podríamos llamar inquietantes como la biblia del amor. El loco Beto, decidió que era el momento de salir a escena, sin embargo Sofia, le dijo que estaba ocupada y que en ese momento no la poda atender. Sofia estaba siendo asediado por Renato, uno de esos supuestos abogados que trabajan en el estudio, mas bien como imagen que como trabajo y que buscaba bajo la excusa de un trabajo en común, sacarla a sofi de su ámbito laboral, la calculadora con delicadeza aparto al desdichado abogado snob, y también con una mirada rechazo a Alberto. Alberto se lamento y se volvió para sus adentros,. Justo que me piden libertad, que me piden decisión, y esta pelotuda no lo nota. Esto fue tambien encontrado en un cajon de su escritorio varios dias después a lo sucedido en el club de campo.


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