En todo aeropuerto, la sola posibilidad de verme traspasar esos escenarios grises de mosaicos e iluminación absolutamente monocordes, sintiéndome preso del peor de los más oscuros deseos de arquitectos que pretendieron ser innovadores, que soñaron o quisieron ser un Le Corbousiier (ponele), pero solo esparcieron el peor de sus vómitos, las peorías poesías de malos trovadores de facultad sobre sus obras, a quienes algunos llaman aeropuertos (u hogar según escuché en una oportunidad).
Me repugnan los aeropuertos y todo lo ligado con aviones, cinturones de seguridad, chek in, esperas, colas, charlas con desconocidos; me considero huérfano, un recién abandonado a su suerte, rodeado de esos típicos personajes que caminan por cualquier calle o avenida “principal” de cualquier ciudad del interior de Argentina, que disfrutan y gozan (supongo que se harán pajas ante la inminencia de un próximo viaje y la sensación de pisar un aeropuerto), que tienen aires de grandeza o de superioridad infantil mejor dicho, peligrosamente infantil, por hacer un check in en la compañía aquella y no pedir boleto de 1.25 ; estimo que creen que ello te da mas presencia y seguridad ante sus pares.
La huerfandad se acrecentaba por esos días de noviembre, me había separado definitivamente y pese a lo que el sentido común- standard- indica, de cambiar de aire, si por mi fuera me hubiera quedado escribiendo inútiles cartas de reconquista a la amada que se fue, que seguramente quedarían en blanco o rellenadas con las frases más cursis de Neruda o Conti ¡putos poetas!, o me hubiera hecho jardinero de mis invisibles plantas que me extrañarían ante la inminencia de un nuevo viaje. Extraño caso el de mis plantas, ya que he decidido abandonarlas, pero ellas están allí, pese a que no las saludo, ni siquiera las miro, y ellas siguen firmas, verdes, chorreadas de alegría, como si mi infelicidad fuera su elíxir, su energía verde.
Ahora bien…Llorar, lo que se dice llorar sin embargo no lo haría o me decidí no hacerlo en esta ocasión.
Ese día mi pesimismo iba en aumento, imágenes paganas a lo Moura, me iban a torturar recordando mi relación terminada, la compañía por la que tenia pasaje, solo se limitaba a servir bebidas sin alcohol en el vuelo, por lo que verme como un mármol 13 horas, aguardando aunque sea por una gota de whisky industria nacional, me hacia ver en un remolino del que no iba salir. Por dentro rezaba (mas bien invocaba justicia) a que un ex guerrillero que se quedó con la historia de los montes tucumanos y una recién divorciada, con 5 hijas y con alguna enfermedad de esas que ahora llaman “terrible y dolorosa”, decidan al unísono y en un acto que consideraría heroico (me hubiera unido a ellos) entrar a la cabina del avión y someter a los pilotos, atar y ultrajar a las azafatas y mientras entre el guerrillero, la divorciada y yo las maniatábamos y nos jurábamos amor eterno, el avión indefectiblemente se iría derecho a parar al altiplano boliviano, a las tierras del Evo, el nuevo espía de la revolución americana y allí nos recibiría con un exquisito licor boliviano o con una cerveza huari, y hubiéramos hecho justicia en el mundo de las compañías aereas.
Este coctel de idioteces que tenía en la cabeza las deseché rápidamente, porque el corazón de los argentinos que viajan últimamente a México suelen ser parejitas en mini luna de miel (ansiosas de colgar fotos en la playa y cogiéndose mutuamente, por tanto portal de lo web se lo permitiera) y muchachas- los hombres solos viajan cada vez menos- que sueñan en ver en vivo y en directo el show que bien montado lo tiene la revolución zapatista, comprar en proporción merchandasing del zapatismo y supongo chuparle la verga a cada uno de los comandantes y sentir la mezcla de los pueblos latinoamericanos en el medio de su boca.
Mi aspecto era terrible al subir, debía ser por la remera del EZLN que llevaba puesta, por mis ojos (que pese a que no había fumado), los tenía como si una playa, de esas nuevas que hay en buenos aires, se me hubieran metido en el globo del ojo y hacia que los tenga más chico de lo habitual, llevaba ojotas y un short de chaco for ever. Cualquier control de seguridad en su sano juicio no me hubiera dejado subir, sin embargo la intención era que Fernando Beloz, esté en ese vuelo, que disfrute de las bondades del planeo, y hasta lo premiaron con la mejor ubicación del avión (según escuché decir al capitán ya que en su momento, desde esas ventanillas se podía contemplar el Amazonas en su plenitud). Sin embargo todo el pasaje rehusaba sentarse a mi lado y preferían amontonarse en las filas de adelante del pequeño avión de COPA, que dar compañía al muchacho de las ojotas.
La salida del vuelo se demoraba, que hacer, nada me dije, por lo que lo único potable era visualizar a mis compañeros de vuelo. La de la fila 23 A sacaba fotos a todas las partes del avión a cada uno de los pasajeros del avión, me sonreí cuando fue mi turno de ser retratado por ella, una foto que nunca veré, que no se quien la tendrá- si es que decidió conservarla y no borrarla como yo lo hubiera hecho. Sentí felicidad ya que supuse era su primera vez que volaba, pero probablemente una inmensa sensación de tristeza se apoderó de mi. En las filas de adelante varios rugbiers, como salidos de una vieja publicidad de chocolate, gritaban y se admiraban mutuamente sus pasaportes (sus sellos en realidad), como si en cada sello hubieran tenido el polvo mágico de sus gordas vidas- y sabiendo que los jugadores de ese deporte no cojen (y si lo hacen son con putas o desesperadas), me di cuenta que los sellos que ostentaban debían ser pocos. Eso en el fondo me alegró, con este era la 25 quinta vez que obtenía un dichoso sello en el pasaporte, y me sentí reconocido, aunque sea por mí mismo. Debería releer a Borges, al ciego de oro, pensé
Media hora de espera en la pista de un aeropuerto, o la espera en general de cualquier sitio, provocan la esquizofrenia-la mejor de las locuras- hasta en los más fuertes, pero entre tanta angustia, insito, me sentí aliviado, sabiendo que tal vez Bioy o el propio Cortázar, a mi misma edad no hubieran viajado tanto como lo hacía yo, y me sentí feliz de que no envejecería como ellos, haciendo obras perdidas, o mintiendo, mintiéndose sabiéndose que su cuarto de hora se les iba yendo, dispersando, evaporando; pero la sola mención de Cortazar, las islas al mediodía que vería por la ventanilla de mi asiento 23 f , los puchos que no compré, me intrigó al saber que no sería jamás como ellos, que no tendría un cigarrillo negro entre las fotos y seria un poster venerado por todo estudiante de letras como su estandarte, como su ficha de cabecera, como un martir. No obstante todos lo sabemos que estudiantes de letras, hoy no existen como tales o que de la facultad de letras hoy no salen escritores, si malabaristas, si pintores, acaso actores (muchos), comerciantes (todos leninistas-marxistas-peronistas-macristas) o simples atolondrados, que como fríos matemáticos ensayan formulas para explicarte sus contradicciones internas.
Suficiente pensé, deje de soñar con insufribles y busque la forma de soñar con Evaristo Carriego, sentirme el personaje que ve la silla vacía y hacer más placido el viaje. Sin embargo la silla, el retrato de una silla y los cuerpos ausentes convirtieron el sueño profundamente insoportable por lo que procedí a levantarme, tal vez sobresaltado por la voz de unos pasajeros de las filas del medio que hablaban de tomar el avión (mi sueño inicial se cumpliría suspiré), cuando una vocecita rígida pero naif, similar a esas que se escuchan cuando quieren venderte un celular, pedía disculpas por los inconvenientes hasta allí vividos, y que se debió a que una pasajera fue detenida o demorada en la aduana, pero que ya estaba todo solucionado y pronto ibamos a partir y la pasajera fue subida y pin pan.
¡Me cago en esta puta! Treinta minutos mas y por obligación nos iban a tener que bajar y reubicarnos en un hotel, uno de la misma ciudad de la que vivo, pero que lógicamente sería mejor del lugar en el que vivo, y que seguro no me llevarían a mi cama y a reencontrarme con los recuerdos de Clara. Por obligación y sin opción de elegir ubicación fue sentada a mi lado, por lo que en definitiva yo, el contador, era a los ojos de todos el desecho de toda la tripulación, era el acuario de san clemente del tuyu, y hasta debería ser mas digno visitar esas jaulas de vidrios muertos, que estar sentado junto a mi.
Rápidamente y pese a mi rechazo inicial, su perfume me produjo como un mareo o cierta sensación de que como si todo el pasaje de repente me dejaba de rechazar y me llevaba en andas, sabiosos de antemano de mi victoria. Es que luego de sentir perfumes comprados en el free shop de apuro, ese olor a tierra, a transpiración pura, una transpiración que surgía ante la idea de perder el avión ( y el ideal de tener una vida mejor, según lo supe después), me devolvió algo de una felicidad que Clara se había llevado.
Por supuesto no se me pasaba por la cabeza la idea de iniciar una conversación, nunca lo había hecho ni encontraba motivos lo suficientemente válidos para cambiar de actitud, aunque su cara morena, con rasgos indiados, perfectamente compatible con un cuerpo que tal vez apenas superaba el metro cincuenta, esbelto pero compacto y unas piernas que tenían un esplendor, una belleza como si America del sur un día se decidiera a estar arriba del hemisferio y no tan al sur, bien al sur.
Cuando fue el momento de traernos las cajas de comida y el servicio de bebidas (no alcohólicas) y luego de abrir la caja y contemplar unas figuras como semicírculos, de algo que probablemente comió pasto en algún tiempo, si es que era posible imaginar que lo que tenia enfrente era un pedazo de carne, o mas bien un lago en el cielo, pero sumergido en el infierno mismo de una gorda vaca, que desventurada soñó un destino mejor que ser devoradas por 135 pasajeros en un vuelo de bajo costo, sentí que un fantasma se me introducía al cuerpo y me di vuelta de golpe. Y hubiese sido mejor un fantasma, alguien que se introdujera en mi, a tener que ser devorado por sus palabras que trajeron de la siguiente manera
¡Como podes comer eso!, tenes una camiseta del EZLN, y estas por comer a un ser vivo!.
Otra imbecil dije y creo que me escuchó y que bueno hubiera sido que así sea, y de esta forma se terminaba toda posibilidad de dialogo banal, sin embargo siguió quieta mirándome, sosteniendo una botella de agua mineral, en unos dedos de carne similares a los de mi comida, igual que putrefactos de mi comida, con unas manos que desentonaban con la belleza de su cara, cuando súbitamente me susurró- “Flaco no sabés porque no hay un puto menú vegetariano, porque tenemos que conformarnos con estos bloques de mierda, que ni un gato comería y si así lo hiciera, solo sería con la tranquilidad de hacerlo con la tierra y con la seguridad de que lo vomitaría si no le gustase”.
Me pareció su fraseo excesivamente armado, planificado de antemano su discurso, como si nunca lo hubiera dicho porque era patético y encontró a un gil (yo) que tal vez podía escuharselo. Me pareció un Cliché y no le dije nada.
Cunado estire mi brazo para alcanzar un refresco que el aeromozo me acercaba, sin querer y juro que fue sin querer, meti la mitad de mi mano en su cabeza. En vez de molestarse, amistosamente me saludo
Como estás, me llamo Candela… y soy fotógrafa, dijo decidida y alejada a una distancia prudencial de mi asiento, un gusto Che… vos que haces (no me preguntó mi nombre). Soy fotógrafo mentí y acto seguido saque de mi mochila que tenia metida entre mis muslos, una réflex Nikon modelo 75 (no se de cámaras pero su solo tamaño impone respeto). Por supuesto la cámara no era mía, sino de la radio con la que colaboraba espontáneamente, que había confiado en un contador- escritor extraviado y con ideas “raras” a cubrir una marcha antiglobalización que por esos días se iba realizar en México. Que eso quede claro, me mandaron a escribir, en ningún momento fui elegido fotógrafo, y si tomaría fotografías solo debían ser en ocasiones excepcionales. Se alegró de escucharme y nuevamente se acerco a mi apoyando sus codos sobre los míos, mirándome con esos ojos de perra labradora sabedora de lograr el cariño que deseara, sobre todo mi cuerpo, como buscando en mi cuerpo algo que la ligue, que la vincule son su profesión.
¿Tenés algunas fotos guardadas?, me preguntó casi de forma irrespetuosa, vos me las mostrás y yo te hago ver un albun que tiene fotos mías, que seguro te van a gustar. Por fortuna la memoria guardaba unas maravillosas fotos de las sierras de Tandil (obviamente no tomadas por mí) sino por el verdadero dueño de la cámara que sacó fotos como quien dice ¡para la posteridad! Y que esa posteridad hoy se traducía en definitiva en un vuelo de avión en donde alguien había usurpado su condición de fotógrafo y generaba un encuentro con una par, con una colega, a la que trataría de mejor forma, a la que besaría ni bien posase ese bello cuerpo moreno en el asiento, sin ritos o vueltas de tuerca propios de un predicador.
Al verlas me dijo que no le gustaban, que parecían artificiales, sin vida, paisajes rígidos sin corazón, sin alma, propias de una mano excesivamente profesional, de un fotógrafo de fiestas de quince años y hasta insinuó que por mi forma de vestir esas fotos de ninguna manera podían pertenecerme. Una vez que dijo eso y que el servicio nos retiró la comida- ninguno de los dos probó bocado- procedió a extenderse sobre mi, y súbitamente, de forma muy relajada apoyó su cabeza sobre mis muslos y como si eso la transportara a su sesión económica de psicología, me comenzó a decir que sentía mucho , mucho frío, que se sentía agotada, cansada y que viajaba a México a buscar trabajo de lo que sea, con quien sea, como sea, como si cada palabra que escupía en su imaginario diván, le daba derecho de seguir retorciéndose sobre mi.
Al contemplarla en plenitud, al sentirla completamente ante mi, orbitando en torno a mi, serena, pero con una furia propia de las playas vírgenes del norte del Uruguay, con sus respiraciones que se desparramaban sobre el aire, que parecían que iban hacer estallar el avión en cualquier momento, y en primer lugar a esos deformes rugbiers que buscaban a los gritos llamar su atención (PAJEROS), me vi vacilando entre el amor o el acuerdo, y creí que el amor empieza de las formas mas extrañas, sin forceps, y que eso seguro era amor.
Esa sensación de seguridad conmigo mismo, me llevó a cerrar las ojos e imaginarme a mi y a Candela, en un noviazgo breve pero intenso, un casamiento en la Ribera Maya y que íbamos a trabajar de fotógrafos, seríamos fotógrafos de la National Geografhic que recorreríamos pueblos y relieves perdidos de todo México que se abriría ante nosotros, que nos mostraría todas sus caras, del mismo modo que yo vería todas sus caras, todas sus formas, todas sus vidas, colores, deseos, olores, Candela y Fernando, la pareja de fotógrafos que contaría la historia de su enamoramiento a quien quisiera.
Tenía demasiadas ganas de besarla, supe que era el momento, pero me sentía un témpano, un iceberg sin punta (es horrible la metáfora pero solo se me ocurre algo así de espantoso, como mi situación), el frío del aire acondicionado central tampoco ayudaba; y eso hizo que las tres horas restantes de vuelo, me haya limitado a verla, casi sin cambiar de posición (aunque ella dio varias vueltas), y empecé de pronto a suspirar pidiéndole perdón por mentirle tan pelotudamente, rogándole disculpas en nombre de la aerolínea y de todo el aeropuerto Ministro Pistarini de Ezeiza, por haberla demorado, por haber retrasado sus sueños, retrasar su nueva vida mejor, o el “lo que sea”, que no iba ser otra cosa que terminar como recepcionista de una cadena de hamburguesas a 10 mexicanos la hora, o ayudante de limpieza de cuartos de esos horribles hoteles de Cancún, donde cambiaría sabanas orinadas por gringos y putas del lugar, a cambio eso si de 2 dólares la hora, incluso supuse que ese vuelo ella había tomado ese vuelo por mi, para salvarme de mi decadencia, y rescatarla de su inminente desenlace laboral era mi función, mi forma de agradecerle por su valentía.
Una voz espantosa, salida de las entrañas mismas de un cuartel, me gritó directo al oido izquierdo, diciéndome que acomode el asiento, y a mi compañera, ya que estábamos a punto de aterrizar. En ese momento todo cambio, ese miedo que creí escondido, refugiado en la cabeza de Candela, volvió a merodear, a tenerlo en mi, bien vivo y coleando el muy hijoputa. Delicadamente se levantó y con una voz demasiado encantadora, desatinada para este viaje, completamente llena de vida ante la muerte que éramos todos en ese pasaje, me preguntó si no había visto su I-phone (4 veces repitió I-phone), y que se moría si se perdía ya que era un regalo de su “gordi”. No se! le dije, aunque supe que esas pulsaciones que tenia hace un tiempo por todo el coxis, evidentemente no era mi miedo que buscaba salir y decir presente, sino que tenia su i-phone entre las nalgas, que me vibraba y cantaba, cada una las melodías que en su momento había elegido, como indicio para que me prepare a lo que vendrá.
Todo lo que sucedió luego del temblaqueo del celular en mi culo, puede ser verdad, medianamente real, puede ser inventado, no tengo certeza (de seguridad hacia mi y hacia quien leerá esto) sobre si los hechos sucedieron de esta forma, calculo que si, porque como el resto de mis historias ni siquiera llegan a ser mínimas (por lo menos esas llegan a películas), las colocaría, en el rubro de triviales, o peor todavía, que solo me parecen relevantes a mi y a nadie más.
Bajamos juntos del avión eso si es verdad, y que buscamos de a dos las valijas, también se que fue así, si nos reíamos mientras caminábamos, de las azafatas, de los idiotas que corrían de un lugar a otro y de los apurados por bajar primer no lo sé, tal vez no, (no veo nada gracioso en contemplar la miseria de otro), pero seguro que me habré sentido con una sensación de grandeza, de desprecio hacia a los demás, estaba bajando del avión con la mujer mas deseada de todo el vuelo, con una morocha de esas que todo el aeropuerto de Cancún se habrá puesto a sus putos y finos pies inmediatamente, a su disposición, para que juegue con ellos y ella sea la primera representante de una nueva tribu de argentinos que vendría a poblar y a invadir México ( yo sería quien le de su descendencia por supuesto)
Hacia demasiado calor, vergonzoso calor, y recuerdo bien claro ahora, que no quiso tomar un taxi con aire acondicionado porque todavía estaba congelada del avión. No miento si digo que mas de 45 grados estaba haciendo esa mañana, sentí vergüenza, por ella, por mi, porque estaba con ella bailando con ella en ese taxi, porque en vez de ir a mi hotel, a relajarme, ducharme, ver la tele, sacarme las uñas de los pies, comerme las uñas de las manos, mandar un mensaje a Romina, mandar un mensaje a mi abuela, a mis padres (avisando que llegue bien), intentar ser simpático y ganar la simpatía de la recepcionista de mi hotel, no en vez de todo eso, estaba acompañando a una desconocida (eso era Candela en definitiva) a su penosa cama de hotel, inmundo, en la zona que no aparecerá jamás en las reseñas turísticas y en revistas de “solitarios viajeros”. Era ridículo, como ridículo también hubiera sido si no la hubiera acompañado.
Pero mientras íbamos en el taxi salió ese miedo, no en forma de ring tone, sino como tranpisracion, pesada, no, no del calor, amarga, melancólica, montevideana. Tenía un cosquilleo, mareos, y las manos cada vez las tenia mas asquerosamente transpiradas, burbujeantes, como un caldo espeso que salía de mi propia negación a ver lo irreal, lo previsible.
Repaso mentalmente que me dijo bien firme, de forma muy estable y sostenida, “che boludo, que te pasa ya no sos mas canchero ahora, ya se te fueron tus ganas de mentir, ya enterraste a tu personaje, a tu otro yo, a eso que querías ser.”
Ante el desenlace de verme abofeteado, o escupido, le dije que no se como lo había adivinado, pero que era verdad que no era fotógrafo, como esperando que eso la tranquilizara.
“ si ya se flaco, tan pelotuda me haces, tanta literatura de mierda leíste para inventarte historias de tres minutos… si eras fotógrafo (COMO YO), ya hubiéramos cojido en el avión, o estaríamos en tu hotel, y no hubiera sido yo hasta quien proponga quien elija el taxi… entendéis lo que te quiero decir… seguro sos contador” (su gordi seguramente sea contador también, pero sería pelado, usando gorritas para tapar su prematura calvicie vació, sin nada que ofrecer, solo la garantía de tener una nena bohemia, como su ficha de anzuelo para todo desprevenido que nos pusiéramos en su camino). Luego mencionó algo de los mitos de profesiones como la de ella, del relax, del placer, de su fantasía de coger con alguien a quien conocía en un avión, y también rutinas, de cines, de compañía mutua en la ciudad durante todo este tiempo.
Volví a mirarme las manos, y se atraían las unas a las otras, había tanta esponjosidad, tan líquidas estaban, que ya tenían la forma de un espejo, un espejo que reflejaba a Clara en vez que a Candela, siendo tan distintas una de otra, atrevida y hermosa una, aburrida e ingrata otra, pero esas manos reflejadas eran mías, solo mías, el sudor (la cantidad digo), era el mismo que dos años atrás cuando besé a Clara por primera vez. Reflexioné sobre las felicidades ins-tan-taneas, momentáneas, me acordé que una vez cenando en el Club Eros, con Clara nos habíamos propuesto un verano tomarnos en México y perdernos en México- pero nunca en Cancún, adelantándome a elegir un destino que ya sabia de antemano sería su primera respuesta. ¿ y por que no Cancún? Dijo de forma muy ingenua, una ingenuidad propia de no haber salida nunca de Argentina. Y yo con mi discursito de cajita de fósforo le dije que era un lugar cursi, repetido, hecho para un turista consumista, un turismo pecador, un turismo repetitivo, donde todo se repetía, donde todo era espejos de vidas que no podríamos tener, ilusiones en definitiva, fantasías para soñadores)
En ese instante es que me pareció incoherente seguir la incipiente historia con Candela y le pedí al taxista que me baje inmediatamente. Me excuse diciéndome que me sentía descompuesto, que era la primera noche en la ciudad, y con aires de galán de actor de tercera novela del dia, que mejor estábamos bien a la noche así tomábamos algo e íbamos a bailar a algún antro del barrio donde se hospedaba ella.
Perfecto, mejor así, báñate rápido, llámame, que esta noche empezamos a fotografiar México
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