La luz llena el espacio y me obliga a cerrar los ojos. Lentamente me voy habituando, y cuando ya casi puedo divisar mi entorno, una voz aguardentosa me hace desandar esos metros hasta salir al exterior. Y el exterior es una cancha de fútbol, pero de un tamaño reducido.
Hay jugadores corriendo. Parecen estar haciendo movimientos precompetitivos. Pero no logro verles sus rostros, como si esa misma luz que me cegara el principio siguiera jugando conmigo. Recién ahí miro hacia abajo y contemplo mi indumentaria. Es celeste y blanca, a rayas. La juno de algún lado, pero en eso un silbato me sorprende. El juego comienza.
Sin que la pida, la bocha me llega al pie derecho. Levanto la cabeza y veo una sombra correr a mi izquierda. Lanzo el pase y llega a destino, pero cuatro seres rodean a mi “compañero” y se la sacan. La sombra me hace un gesto. Creo que está enojada.
Al rato me encuentro corriendo hacia el balón, pero me sale al cruce un esquimal. Chocamos y se desintegra. Algo cae sobre mi frente. Es algo blando, gelatinoso. Me lo quito y lo tiro al piso. Sigo corriendo, pero el balón ya no está. Un viejo, salido de un cuento de Rivera, desde bastante lejos me grita “marca a alguien cuando volvés”. Volver? A dónde? No se ve más que césped y sombras. La claridad oculta todo lo demás. Vuelvo a mirar al viejo, que se saca la gorra y vuelve a gritar, pero esta vez dice algo así como “si te hacen el dos uno pedí ayuda”. Ayuda? A quien?
No sé cómo, pero me hago de la pelota. Avanzo unos metros y me sale un ser. No lo veo con nitidez, aunque percibo su brutalidad. Intento gambetearlo, pero es como si mi cuerpo no supiera hacer eso. A lo lejos me parece divisar un arco. Tomo carrera y pateo. Una vincha cae sobre mis ojos, pero alcanzo a ver cómo la pelota se pierde en la luz. Hay como un murmullo, pero no es de alegría. Entonces me caigo y un señor de pelo largo me pega en la cara con su botín. Me duele, pero a la vez me siento bien. Entonces alguien dice Pollo.
Hay jugadores corriendo. Parecen estar haciendo movimientos precompetitivos. Pero no logro verles sus rostros, como si esa misma luz que me cegara el principio siguiera jugando conmigo. Recién ahí miro hacia abajo y contemplo mi indumentaria. Es celeste y blanca, a rayas. La juno de algún lado, pero en eso un silbato me sorprende. El juego comienza.
Sin que la pida, la bocha me llega al pie derecho. Levanto la cabeza y veo una sombra correr a mi izquierda. Lanzo el pase y llega a destino, pero cuatro seres rodean a mi “compañero” y se la sacan. La sombra me hace un gesto. Creo que está enojada.
Al rato me encuentro corriendo hacia el balón, pero me sale al cruce un esquimal. Chocamos y se desintegra. Algo cae sobre mi frente. Es algo blando, gelatinoso. Me lo quito y lo tiro al piso. Sigo corriendo, pero el balón ya no está. Un viejo, salido de un cuento de Rivera, desde bastante lejos me grita “marca a alguien cuando volvés”. Volver? A dónde? No se ve más que césped y sombras. La claridad oculta todo lo demás. Vuelvo a mirar al viejo, que se saca la gorra y vuelve a gritar, pero esta vez dice algo así como “si te hacen el dos uno pedí ayuda”. Ayuda? A quien?
No sé cómo, pero me hago de la pelota. Avanzo unos metros y me sale un ser. No lo veo con nitidez, aunque percibo su brutalidad. Intento gambetearlo, pero es como si mi cuerpo no supiera hacer eso. A lo lejos me parece divisar un arco. Tomo carrera y pateo. Una vincha cae sobre mis ojos, pero alcanzo a ver cómo la pelota se pierde en la luz. Hay como un murmullo, pero no es de alegría. Entonces me caigo y un señor de pelo largo me pega en la cara con su botín. Me duele, pero a la vez me siento bien. Entonces alguien dice Pollo.
Grito. Sólo, en el medio de una habitación. Grito. Extrañamente no estoy transpirado. Me paro. La pieza está vacía. Lo único que hay es un espejo. Voy hacia él y me paro enfrente. Al principio no proceso lo que veo, como si la mente no quisiera admitirlo. Pero es él. Es mi odio personificado. Es el reagge. Soy yo. Quiero gritar, pero esta vez no puedo. Corro hacia todos lados, pero no hay puertas ni ventanas. Finalmente, como poseído, vuelvo al espejo. Lo miro por unos instantes, hasta que cierro la mano izquierda y golpeo el espejo. Vuelan los vidrios por doquier. Entonces, me agacho a recoger uno y me corto la garganta. Sale un líquido. Pero no es sangre. Será gel, pienso, mientras lentamente voy perdiendo la verticalidad. Marcelo no estaría contento al verme.

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